Tenemos una casa no muy lejos del centro de Kharkiv. Vivimos cerca de la estación de trenes. Ahora es un lugar muy peligroso, donde la noche del 24 de febrero fue declarada la ley marcial. Tenemos un sótano en casa a donde nos dirigimos cuando las sirenas suenan, luego de haber sido advertidos por las autoridades. Cuando el peligro ha pasado, podemos salir de nuestro escondite, preparar algunas cosas para comer y lavarnos. Es peor la situación de las personas que viven en apartamentos, condominios o en hoteles. Se han tenido que mudar permanentemente hacia lugares seguros (sótanos o cantinas), de donde no han podido salir o volver a casa. A ellos vienen distribuidos alimentos y cosas necesarias. Hemos tenido que partir el quinto día de esta guerra. Al inicio pensábamos que sería una cosa que terminaría rápido. Teníamos una fuerte esperanza, ¡hemos rezado tanto! Y aún así, el quinto día iniciaron los bombardeos que causaron la destrucción de algunos edificios. Y a la esperanza hemos tenido que unir el miedo que nos ha obligado a tomar la decisión de partir rápidamente.

La mañana del 1ro de marzo, cuando apenas había terminado el toque de queda, nos movimos hacia la estación de trenes. Los trenes han sido sustituidos cada día, casi sei u ocho veces. No hay horarios en la estación. Cuando llega el tren, la gente que puede se sube. A las 8 de la mañana hemos logrado subir en el tren que viaja de Kharkiv hacia Lviv. El treno se detuvo también en Kiev para recoger a más personas en espera. Era todo una pesadílla. En ese tren en total éramos casi 7000 personas. Era sofocante, sin agua, con gente desmallada por todas partes. Hemos tenido que pasar la noche en un centro juvenil en Lviv. Logramos llegar a la frontera con Ucrania en un taxi, a la mañana siguiente. Y luego hemos tenido que esperar casi un cuarto de hora a poder ser un grupo consistente de personas con las cuales hemos caminado hacia la frontera polaca. Nos han recibido calurosamente. Cuando han descubierto que queríamos continuar nuestro viaje hacia Estonia, el esposo de Olga, que trabaja allí, nos ha indicado un grupo de personas que estaban esperando poder partir hacia Varsavia, desde donde podríamos continuar nuestra travesía.

Mientras tanto, una señora de mediana edad, con las muletas, se acercó a nosotros para invitarnos a cenar a su casa, en Tomaszewo. No hemos aceptado, porque no queríamos perder de vista la posibilidad de viajar a Estonia lo antes posible. Pero nos ha insistido a tal punto que nos ha ofrecido incluso el transporte, por medio de un amigo de su hijo que estaba viajando junto a él. Nos ha dicho que estaban regresando desde Lodz y que podrían llevarnos a Varsavia. Mientras tanto han traído a otra señora: Tatiana, con dos niños. Tenía que regresar a Estonia en mayo. Y fue así que fuimos todos juntos a la casa de esta señora que nos ha recibido como alguien conocido, alguien familiar.

Después del almuerzo hemos partido hacia Varsavia y fue así como llegamos aquí con ustedes, al Centro Misionero Salesiano. Sabemos que fue Dios quien nos trajo hasta aquí, porque fue lo que le rezamos en nuestra oración. Y estamos tan agradecidos. Actualmente estamos en constante contacto (por teléfono) con el esposo de Olga. Nuestra ciudad ha sido destruida casi en un 60%. La sede de la administración estatal regional y los edificios adyacentes están parcialmente destruidos. Han atacado incluso los complejos residenciales de Kharkiv, la plaza central de la ciudad, la Iglesia… y continúan a atacarnos, de un lado y de otro, ¡pero Kharkiv sigue defendiéndose!

Valentina

Olga (33), su hijo Mark (11) y Valentina, la madre di Olga (62) viajaban desde Kharkiv. El esposo de Valentina decidió quedarse en Kharkiv con la madre de 81 años. La cadena de ayudas continua. Gracias a tantas valientes personas, el 5 de marzo, Olga, su hijo Mark y Walentina, han partido desde Varsavia hacia Tallinn, capital de Estonia, y han llegado sanos y salvos.

Esta es otra historia de una familia que hemos ayudado.

 

Fot. Reuters